(JESUS D. CURBELO)
(PORTADA)
(EMILIO BALLAGAS)
(IDANGEL BETANCOURT)
(JESUS D. CURBELO)
(RUBEN FAILDE BRAÑA)
(YOSVEL GONZALEZ R.)
(MARIELA PEREZ-CASTRO)
(YOANDRA SANTANA P.)
(PAOLO SVEGLIATE)
(GALERIA)
escritores
imagen
Jesus David Curbelo
Poeta, narrador, crítico y traductor. Entre otros, ha obtenido el Premio David de Poesía 1991 y el Premio José Soler Puig 1998 con Diario de un poeta recién cazado.
POESIA
1

Mamá junta las manos en medio de la noche
y parece que el mundo le cupiera en el vientre.
En su raro silencio de corola terrestre
nace el arco de lirios impulsor de tu nombre.

Yo medito en la oscura brevedad del insomnio,
proscribiendo en mi mente tu corona de zarzas.
Te desbrozo el camino de princesas y castas.
Y proclamo en la lluvia la humildad de tu trono.

No me canso de asirte con las hebras del sueño.
Mamá se troca en hada mientras teje la astucia.
Somos dos tigres pobres renaciendo del agua.

Andarás sobre el lecho que fundemos. El alma
te crecerá impasible. Del terror y la duda
salvarás la memoria como un látigo tierno.

2

Tengo un relámpago roto
con que bendecir tu risa.
Tengo una paz: la precisa
para esculpirte. Me agoto
en tu nombre. Muero. Broto,
cual planta fresca a la luz,
cuando brotas. Y de tus
floraciones insurgentes
renacen en mí, dementes,
los presagios de la cruz.

Yo soy un triste hechicero
que anuncia la luna nueva.
Un mago. Un siervo que lleva
a la espalda algún madero.
No finjo, labro. Prefiero
mi sangre sobre la arcilla
a inventarte en la rencilla
del ocio y de la obediencia.
Soy la daga, la paciencia,
la oscura piedra que brilla.

8

Por el arco de triunfo
de tu cabello,
baja y sube la fiebre
cual escalpelo.

En cada escaramuza
mamá enloquece.
Reza limpios conjuros.
Cerca de la fiebre.

Ardes y mamá arde.
Yo también ardo.
Después de la inclemencia
viene el letargo.

La fiebre torna al fondo
del laberinto.
Nada puede su enigma
contra tu hechizo.

Ella lo sabe. Escapa.
Tú la persigues.
La destronas. La humillas.
Ya somos libres.

11

¿Castigar? ¿A quién? ¿Por qué?
¿Cuál ha de ser el castigo
que a la víctima, al testigo
y al victimario dé fe?

Nadie la cólera embrida.
Tampoco nadie la encausa.
La cólera es una pausa
del gran castigo: la vida.

Entonces, ¿con qué derecho
te hago venir a purgar
mi cólera, a sojuzgar
la ineptitud de mi pecho?

¿Acaso la vanidad
de fundar mi mente asola?
¿Me divierto con la aureola
ambigua de la piedad?

¿O sólo blando mi lanza
contra mí por agria pena?
¿No soporto la condena
de tu llanto, que me alcanza?

No sé. Nada sé. Prefiero
ser absurdo. Del castigo
soy presa junto contigo.
Tiemblo. Cumplo. Yazgo. Espero.
Tomado de El libro de Lilia Amel.