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emilio ballagas
Camagüey, 1908-La Habana, 1954, Con su libro Cielo en rehenes obtuvo en 1951 el Premio Nacional de Poesía. En 1953 ganó el Premio del Centenario con sus Décimas por el júbilo martiano en el centenario del apóstol José Martí. Viajó por Francia, Portugal y Estados Unidos.
POESIA
ELEGIA SIN NOMBRE


ELEGIA SIN NOMBRE

But now I think there is no unreturn'd
love, the pay is certain one way or another,
(I loved a certain person ardently
and my love was not return'd,
Yet out of that I have written these songs.)
WALT WHITMAN


Mas ¿qué importan a mi vida las
playas del mundo?
Es ésta solamente quien clava mi
memoria.
LUIS CERNUDA




Descalza arena y mar desnudo.
Mar desnudo, impaciente, mirándose en el cielo.
El cielo continuándose a sí mismo,
persiguiendo su azul sin encontrarlo
nunca definitivo, destilado.

Yo andaba por la arena demasiado ligero,
demasiado dios trémulo para mis soledades,
hijo del esperanto de todas las gargantas,
pródigo de miradas blancas, sin vuelo fijo.

Se hacían las gaviotas, se deshacían las nubes
y tornaban las olas a embestir a la orilla.
(Tanta batalla blanca de espumas desatadas
era para cuajar en una sola concha, sin imagen de nieve ni sal pulida y dura.)

El viento henchía sus velas de un vigor invisible,
danzaba olvidadizo, despedido, encontrado
y tú eras tú.
Yo aún no te había visto.
Hijo de mi presente —fresco niño de olvido—
la sangre me traía noticias de las manos.
Sabía dividir la vida de mi cuerpo como el canto en estrofas:
cabeza libre, hombros,
pecho,
muslos y piernas estrenadas.
Por dentro me iba una tristeza de lejanas, de extraviadas palomas,
de perdidas palabras más allá del silencio,
hechas de alas en polvo de mariposas
y de rosas cenizas ausentes de la noche...
Girasol en los sueños: aún no te había visto.
Imán. Clavel vivido en detenido gesto.
Tú no eras tú.

Yo andaba, andaba, andaba
en un andar en andas más frágil que yo mismo,
con una ingravidez transparente y dormida
suelto de mis recuerdos, con el ombligo al viento...
Mi sombra iba a mi lado sin pies para seguirme,
mi sombra se caía rota, inútil y magra;
como un pez sin espinas mi sombra iba a mi lado,
como un perro de sombras
tan pobre que ni un perro de sombras le ladraba.

¡Ya es mucho siempre siempre, ya es demasiado
siempre, mi lámpara de arcilla!
¡Ya es mucho parecerme a mis pálidas manos
y a mi frente clavada por un amor inmenso,
frutecido de nombres, sin identificarse
con la luz que recortan las cosas agriamente!
¡Ya es mucho unir los labios para que no se escape
y huya y se desvanezca
mi secreto de carne, mi secreto de lágrimas,
mi beso entrecortado!

Iba yo. Tú venías,
aunque tu cuerpo bello reposara tendido.
Tú avanzabas, amor, te empujaba el destino,
como empuja a las velas el titánico viento de hombros
estremecidos.
Te empujaban la vida, y la tierra, y la muerte
y unas manos que pueden más que nosotros mismos:
unas manos que pueden unirnos y arrancarnos
y frotar nuestros ojos con el zumo de anémonas...

La sal y el yodo eran; eran la sal y el alga;
eran, y nada más, yo te digo que eran
en el preciso instante de ser.
Porque antes de que el sol terminara su escena
y la noche moviera su tramoya de sombras,
te vi al fin frente a frente,
seda y acero cables nos tendió la mirada.
(Mis dedos sin moverse repasaban en sueños
tus cabellos endrinos.)
Así anduvimos luego uno al lado del otro,
y pude descubrir que era tu cuerpo alegre
una cosa que crece como una llamarada que desafía al viento,
mástil, columna, torre, en ritmo de estatura
y era la primavera inquieta de tu sangre
una música presa en tus quemadas carnes.

Luz de soles remotos,
perdidos en la noche morada de los siglos,
venía a acrisolarse en tus ojos oblicuos,
rasgados levemente,
con esa indiferencia que levanta las cejas.

Nadabas,
yo quería amarte con un pecho
parecido al del agua; que atravesaras ágil,
fugaz, sin fatigarte. Tenías y aún las tienes
las uñas ovaladas,
metal casi cristal en la garganta
que da su timbre fresco sin quebrarse.
Sé que ya la paz no es mía:
te trajeron las olas
que venían ¿de dónde? que son inquietas siempre;
que te vas ya por ellas o sobre las arenas,
que el viento te conduce
como a un árbol que crece con musicales hojas.

Sé que vives y alientas
con un alma distinta cada vez que respiras.
Y yo con mi alma única, invariable y segura,
con mi barbilla triste en la flor de las manos,
con un libro entreabierto sobre las piernas quietas,
te estoy queriendo más,
te estoy amando en sombras,
en una gran tristeza caída de las nubes,
en una gran tristeza de remos mutilados,
de carbón y cenizas sobre alas derrotadas...

Te he alimentado tanto de mi luz sin estrías
que ya no puedo más con tu belleza dentro,
que hiere mis entrañas y me rasga la carne
como anzuelo que hiere la mejilla por dentro.
Yo te doy a la vida entera del poema:
No me avergüenzo de mi gran fracaso,
que este limo oscuro de lágrimas sin preces,
naces —dalia del aire— más desnuda que el mar
más abierta que el cielo;
más eterna que ese destino que empujaba tu presencia a la mía,
mi dolor a tu gozo.

¿Sabes?
Me iré mañana, me perderé bogando
en un barco de sombras,
entre moradas olas y cantos marineros,
bajo un silencio cósmico, grave y fosforescente...

Y entre mis labios tristes se mecerá tu nombre
que no me servirá para llamarte
y lo pronuncio siempre para endulzar mi sangre,
canción inútil siempre, inútil, siempre inútil,
inútilmente siempre.

Los pechos de la muerte me alimentan la vida.
nocturno y elegia


NOCTURNO Y ELEGIA


Si pregunta por mi, traza en el suelo
Una cruz de silencio y de ceniza
Sobre el impuro nombre que padezco.
Si pregunta por mi, di que me he muerto
Y que me pudro bajo las hormigas.
Dile que soy la rama de un naranjo,
La sencilla veleta de una torre.



No le digas que lloro todavía
Acariciando el hueco de su ausencia
Donde su ciega estatua quedo impresa
Siempre al acecho de que el cuerpo vuelva.
La carne es un laurel que canta y sufre
Y yo en vano espere bajo su sombra.
Ya es tarde. Soy un mudo pececillo.


Si pregunta por mi dale estos ojos,
Estas grises palabras, estos dedos;
Y la gota de sangre en el pañuelo.
Dile que me he perdido, que me he vuelto
Una oscura perdiz, un falso anillo
A una orilla de juncos olvidados:
Dile que voy del azafrán al lirio.


Dile que quise perpetuar sus labios,
Habitar el palacio de su frente.
Navegar una noche en sus cabellos.
Aprender el color de sus pupilas
Y apagarme en su pecho suavemente,
Nocturnamente hundido, aletargado
En un rumor de venas y sordina.



Ahora no puedo ver aunque suplique
El cuerpo que vestí de mi cariño.
Me he vuelto una rosada caracola,
Me quede fijo, roto, desprendido.
Y si dudáis de mi creed al viento,
Mirad al norte, preguntad al cielo.
Y os dirán si aun espero o si anochezco.


¡Ah! Si pregunta dile lo que sabes.
De mi hablaran un día los olivos
Cuando yo sea el ojo de la luna,
Impar sobre la frente de la noche,
Adivinando conchas de la arena,
El ruiseñor suspenso de un lucero
Y el hipnótico amor de las mareas.


Es verdad que estoy triste, pero tengo
Sembrada una sonrisa en el tomillo,
Otra sonrisa la escondí en Saturno
Y he perdido la otra no se donde.
Mejor será que espera a medianoche,
Al extraviado olor de los jazmines,
Y a la vigilia del tejado, fría.


No me recuerdes su entregada sangre
Ni que yo puse espinas y gusanos
A morder su amistad de nube y brisa.
No soy el ogro que escupió en su agua
Ni el que un cansado amor paga en monedas.
¡No soy el que frecuenta aquella casa
presidida por una sanguijuela!


(Allí se va con un ramo de lirios
a que lo estruje un ángel de alas turbias.)
No soy el que traiciona a las palomas,
A los niños, a las constelaciones…
Soy una verde voz desamparada
Que su inocencia busca y solicita
Con dulce silbo de pastor herido.


Soy un árbol, la punta de una aguja,
Un alto gesto ecuestre en equilibrio;
La golondrina en cruz, el aceitado
Vuelo de un búho, el susto de una ardilla.
Soy todo, menos eso que dibuja
Un índice con cieno en las paredes
De los burdeles y los cementerios.


Todo, menos aquello que se oculta
Bajo una seca mascara de esparto.
Todo, menos la carne que procura
Voluptuosos anillos de serpiente
Ciñendo en espiral viscosa y lenta.
Soy lo que me destines, lo que inventes
Para enterrar mí llanto en la neblina.


Si pregunta por mi, dile que habito
En la hoja del acanto y en la acacia.
O dile, si prefieres, que me he muerto.
Dale el suspiro mío, mi pañuelo;
Mi fantasma en la nave del espejo.
Tal vez me llore en el laurel o busque
Mi recuerdo en la forma de una estrella.